BOLIVIA, CON CASI TODO A FAVOR DE LOS VEHÍCULOS ELÉCTRICOS

El cambio climático, la pandemia, el agotamiento de los hidrocarburos, los avances tecnológicos y otros factores van precipitando la transformación de la matriz energética mundial. Esa evolución apunta a un sector en especial: el transporte automotor. Por ello, en este 2021, la era del vehículo eléctrico se anuncia cada día más, a ojos vista, en nuestras calles. Para aprovechar este momento, desde hace años, sino décadas, más de un analista alertó que Bolivia tenía óptimas condiciones.

“Hace varios años se debió plantear como objetivo que Bolivia sea el primer país en transformar su matriz energética a las energías renovables —ha dicho el especialista Justo Zapata—. Según Naciones Unidas, el potencial hidroeléctrico de Bolivia es el segundo en América, Brasil está primero con alrededor de 800 mil megavatios. De 190 mil megavatios potenciales que Bolivia tiene, ¿cuánto aprovecha? Menos de 2 megawatt. (…) No hablamos de construir grandes represas que afectan el medioambiente, sino microrrepresas como la planta de Zongo en La Paz”.

Zapata, quien es doctor PHD en Química y ha dirigido diversos departamentos de investigación, suma al potencial hidroeléctrico otras generosas fuentes de energía alternativa. Destaca entre ellas la energía solar y subraya que el altiplano boliviano constituye el lugar que más energía solar recibe en el planeta: llega a recibir 10 kilowatt hora por metro cuadrado (kwh/m2). Sólo ciertas regiones de Mongolia tienen ese privilegio. Nuestro altiplano goza de ese caudal de energía porque está cerca del trópico de Capricornio, cerca del Ecuador, es decir, donde más llega el sol. 

Según datos del Banco Mundial, un país como Alemania se halla encaminado a basar su nueva matriz en la energía solar o fotovoltaica. El territorio germano asimila sólo 3 kwh/m2 en promedio, pero aquel país ya es el cuarto productor mundial de esta energía. Al margen del altiplano, el resto del territorio boliviano cuenta con potenciales nada desdeñables: los valles interandinos reciben una tasa de radiación solar diaria de entre 5 y 6 kwh/m2. Mientras que en los llanos la tasa de radiación media se sitúa entre 4,5 y 5 kwh/m2. 

No sólo energía solar 

Para variar, Bolivia, además, tiene un significativo potencial para generar energía eólica. De acuerdo a un estudio de la consultora IPE-Bolivia, vastas regiones, especialmente, de Santa Cruz resultan aptas para importantes proyectos. En cerca de un 60 por ciento del departamento, el promedio anual de velocidad del viento supera los 40 kilómetros por hora y el aire tiene alta densidad. Son las condiciones ideales para desarrollar energía. Un país como Uruguay actualmente genera el 40 por ciento de su electricidad con base en plantas eólicas y el 80 por ciento se sustenta en energías alternativas. Su territorio resulta aproximadamente la mitad del cruceño. 

No sobra recordar que Bolivia cuenta también con fuentes de energía geotérmica en el norte de Potosí. “En los últimos años se han ejecutado y se están ejecutando 10 proyectos eólicos y fotovoltaicos —dice el investigador Fabián Ulo Ordoñez—. Son parte de un anunciado proyecto para cambiar la matriz energética del país. Sin embargo, si sumamos todos esos emprendimientos, actuales y futuros, la producción de energía es muy baja en relación al total basado en termoeléctricas. Para colmo, las autoridades se han abierto a apoyar la producción de etanol tremendamente deficitario, queman gas en las termoeléctricas y siguen explorando hidrocarburos”. 

En efecto, según el estudio de IPE-Bolivia, “actualmente se cuenta con aproximadamente 3.000 MW de capacidad instalada de generación, de los cuales solamente 143 MW son de fuente solar y eólica. Esto representa el 4,7 por ciento de la capacidad instalada. Si le sumamos los proyectos que se encuentran en ejecución, para el año 2022, la generación solar y eólica va a representar un 5,8 por ciento de los 4.300 MW que se prevén tener instalados”.

El estudio luego destaca que, en el mejor de los casos, las plantas llegan a un potencial de 60 MW. Una magnitud muy pequeña en relación a plantas que se han construido en la mayoría de los países vecinos y del resto del continente. Baste citar, por ejemplo, que sólo la planta fovoltaica de El Romero, en Chile, produce 245 MW y El Rubí, en Perú, llega a 180 MW. Es decir, que cada una de ellas, por sí solas, superan al conjunto de la capacidad instalada en Bolivia. 

El ciclo completo

“Aún queda la esperanza de que, dada la nueva coyuntura mundial, se reencaminen las cosas —dice Ulo, quien es ingeniero industrial especializado en energías alternativas—. Ello porque junto al potencial que se tiene para las energías alternativas más limpias tenemos los salares y su riqueza. Complementa, va cerrando ciclo, por ejemplo, justo con la energía fotovoltaica, en la acumulación energética. Diversos modelos de baterías, cada vez más sofisticadas y económicas, se han ido apoyando en el litio y otros elementos que hay en los salares. Los costos para el aprovechamiento de energías alternativas son cada vez más bajos”.

Al ciclo que alude Ulo, en años recientes se ha sumado un factor sorpresa: fabricantes de vehículos eléctricos bolivianos. Tres empresas bolivianas lanzaron sus productos en menos de dos años. Quantum ha mantenido un exitoso ritmo de ventas de sus automóviles que incluso ha llegado a iniciales niveles de exportación a ya cinco países. Diversas publicaciones ponen a esta industria como un referente entre las primeras fábricas de vehículos eléctricos de Latinoamérica. Comparte ese sitial con la brasileña Santa Catarina y la argentina Sero Electric.

Por su parte, Mobi sorprendió con la presentación de la primera motocicleta cien por ciento boliviana. También fabrica scooters y bicicletas eléctricas y se apresta a estrenar un emprendimiento de bicicletas compartidas en Santa Cruz con 600 unidades. Todo en el marco de un proyecto con certificación internacional y bajo características de industria 4.0, es decir, producción digitalizada y automatizada de bienes.

Al conjunto se suma una iniciativa parecida desarrollada en Cochabamba con los scooters producidos por la empresa Wallawa. Las industrias mencionadas firmaron acuerdos de cooperación con la estatal Yacimientos de Litio Boliviano (YLB), responsable de construir baterías.

A esa producción local, se han sumado diversas empresas que empezaron a importar vehículos de cuatro y dos ruedas. Reconocidas marcas como Renault, ByD, Mazda y Lithium ya han puesto diversos modelos en el mercado de varias ciudades bolivianas. La oferta suma desde vagonetas para seis pasajeros con 300 kilómetros de autonomía hasta bicicletas cuyos motores sólo refuerzan el pedaleo físico. Incluso empresas como la Cooperativa Rural de Electricidad (CRE) de Santa Cruz han adquirido lotes de vehículos eléctricos para sus actividades.

Las leyes también empezaron a apuntalar el cambio. A principios de julio, el Gobierno aprobó el Decreto Supremo 4539 que otorga incentivos tributarios para la importación de vehículos y maquinaria agrícola eléctrica. El anteproyecto de ley otorga temporalmente incentivos tributarios a la importación y comercialización a través de la exención del Impuesto al Valor Agregado (IVA). También se han lanzado iniciativas para que diversas normativas otrora ajustadas a los vehículos a combustión se adapten para los vehículos eléctricos.

La dinámica del cambio de era también ha motivado la organización de una nueva entidad gremial: el Comité Boliviano de Energía. En mayo, esta organización fue presentada en el Consejo Mundial de Energía (WEC, por su sigla en inglés), que promueve el cambio de matriz energética y la sostenibilidad. Allí Bolivia prevé aportar su experiencia en el desarrollo de la movilidad urbana a partir de energías renovables. La distribuidora de motores Cummins Bolivia, Bolpegas, Repsol, Total y la Cámara Boliviana de Hidrocarburos y Energía (CBHE) son parte del comité local. Lo que muestra la tendencia global hacia el cambio.

El salto a la vista

Sin duda, el salto de era está en marcha. Baste considerar que, según el Instituto Nacional de Estadística, en 2016 en Bolivia sólo había 38 vehículos eléctricos y en 2017 ya eran 47. Mientras tanto, a principios de este año sólo en Cochabamba ya se registraron 380. Se estima que ya se ha superado las 1.100 unidades. Es decir, que la cantidad de este tipo de automotores aumentó casi 21 veces en cuatro años. Sin embargo, es una cifra aún muy pequeña en relación a los casi 1.900.000 vehículos que circulan en el país.

La Agencia Internacional de la Energía (AIE) anunció en abril que las ventas de automóviles eléctricos aumentaron 41 por ciento a nivel mundial en 2020. Ello pese a la caída del sector a causa de la pandemia. En su informe anual sobre el mercado global de los vehículos eléctricos, la AIE avanzó que, si los Gobiernos ponen en marcha las medidas adecuadas de apoyo, para 2030 podría haber hasta 230 millones de autos eléctricos rodando en el mundo (un 12 por ciento del total), frente a la cifra de 145 millones que apunta el ritmo actual (7 por ciento del parque).

La cifra de 230 millones de vehículos eléctricos se considera la mínima necesaria para cumplir los objetivos de los Acuerdos de París contra el cambio climático. El parque automotor hoy es responsable del 37 por ciento de la contaminación que afecta al planeta. Por ello, también diversas transnacionales dedicadas a la explotación de hidrocarburos han ampliado sus labores al área de las energías alternativas.

“Tenemos todo a favor para marcar era en este salto —dice Ulo—. Hay mayores facilidades para la cooperación internacional tanto económica como técnica. Al mismo tiempo, se están agotando las reservas de gas en Bolivia, se gasta cientos de millones en subsidios y el proyecto etanol es un completo fracaso. Sería ideal que se mute a un ambicioso plan integral para un cambio profundo de la matriz energética. Ojalá no volvamos a perder otra oportunidad de desarrollo. Ojalá que la siguiente noticia del parque automotor boliviano no sea que se nacionalizaron más de 100 mil autos chutos. Nada más grosero frente al desafío”.

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